Posted by on 11 Ene, 2016 in salud | 0 comentarios

El coeficiente intelectual (CI) de una persona se ha mantenido como el estándar por excelencia en los debates sobre la inteligencia humana. Los científicos llevan años utilizando este pequeño número –que todos conocemos- como forma de determinar el estado de salud de nuestro cerebro.

Tomemos como ejemplo la demencia, enfermedad en la que las personas pierden la memoria y se pierden habilidades a la hora de realizar tareas o recordar fechas. Un declive en la función cognitiva, junto a un descenso en nuestro CI, se ha usado como indicador para predecir la demencia.

Sin embargo, este método tiene algunas lagunas, ya que hay personas con un CI muy alto que presentan síntomas de demencia mucho más tarde, y puntúan muy por encima de lo normal en los test  cognitivos. Esto provoca que la demencia avance de forma drástica y rápida porque se ha detectado demasiado tarde. Asimismo, gente con CI bajo se ha mal diagnosticado con demencia por puntuar demasiado bajo.

Y es aquí cuando empezamos a hablar de la importancia de la inteligencia emocional. La inteligencia emocional es la habilidad de identificar, utilizar, entender y gestionar emociones de forma positiva para aliviar el estrés, comunicarse de forma efectiva, empatizar con los demás, superar retos y disipar conflictos. La inteligencia emocional importa tanto como el coeficiente intelectual cuando hablamos de éxito en la vida, felicidad y salud.

Si tienes una inteligencia emocional alta serás capaz de reconocer tu propio estado emocional y los estados emocionales de los demás. Se puede emplear esta comprensión de las emociones para relacionarse mejor con los demás, crear relaciones más sanas, conseguir éxito en el trabajo y tener una vida más plena.

Es evidente que con todo lo mencionado anteriormente, nuestro estado de salud va a ser mucho mejor. Vamos a ver cómo la inteligencia emocional afecta a nuestra salud física y mental.

La inteligencia emocional es importante a la hora de manejar los niveles de estrés, ya que si no lo hacemos bien puede resultar en serios problemas de salud. Un estrés incontrolado puede aumentar la presión sanguínea, suprimir el sistema inmunológico, aumentar el riesgo de ataque cardíaco e infartos, contribuir a la infertilidad y acelerar el proceso de envejecimiento. El primer paso para una inteligencia emocional buena es aprender a aliviar el estrés, de eso no ha quedado duda.

Pero no solo hablamos de su impacto en nuestra salud física. Este estrés sin control del que hablábamos hace un momento puede tener consecuencias en nuestra salud mental, haciéndonos vulnerables a la ansiedad y la depresión. Si no somos capaces de entender y gestionar nuestras emociones, también nos abriremos a la posibilidad de cambios de humor y a la inhabilidad de construir relaciones fuertes y duraderas –dejándote solo/a y aislado/a.

A diferencia del CI, la inteligencia emocional se puede trabajar y mejorar si se sabe cómo. Podemos empezar a aplicar hábitos como el de ser conscientes de nuestras emociones diarias y de las de los demás, intentando ponernos en su piel: lo que se conoce como empatía. La inteligencia emocional se va construyendo conforme nos hacemos mayores, si no, los adultos se comportarían como niños expresando sus emociones físicamente y sin control.

Las enfermedades de hoy en día distan mucho de las de hace años, ya no hay altas tasas de tuberculosis o rubeola, pero tenemos cáncer e infartos. La mayoría de las enfermedades actuales provienen del estrés y de hábitos no saludables. Desarrollar una buena inteligencia emocional nos va a ayudar a frenar estas enfermedades, a prevenirlas y a curarlas. Todo a través del control de nuestras emociones.