Posted by on 11 Nov, 2015 in bienestar, cuerpo, salud | 0 comentarios

La idea de que tanto nuestra mente como nuestras emociones juegan un rol muy importante en nuestra salud no es para nada innovadora. Es más, se considera prácticamente una premisa dentro de la medicina, no solo en la medicina integrativa sino en la medicina en general.

Muchos sistemas de curación antiguos hacen hincapié en la interconexión entre cuerpo y mente, incluso remontándonos a Hipócrates, el padre de la medicina occidental, quién afirmaba que una buena salud dependía del equilibro entre cuerpo, mente y entorno.

Por ejemplo, cuando nos encontramos en peligro nuestro miedo –emoción- hace que nuestro cuerpo segregue hormonas como la epinefrina que aumenta nuestro ritmo cardíaco y la frecuencia respiratoria haciéndonos más aptos para escapar o afrontar un peligro.

¿Pero qué sucede cuando nuestro cuerpo está enfermo? ¿Pueden nuestras emociones influir en nuestro estado de salud?

Debemos ver nuestro cuerpo como el reflejo de nuestra vida, empezando por nuestra conciencia. Todo lo que le ocurre a nuestro cuerpo y todo lo que sucede en nuestra vida empieza en nuestro interior. Los síntomas de las enfermedades que acarreamos vienen dados por pensamientos y sentimientos. Son su reflejo físico.

Por supuesto un accidente nos va a causar heridas físicas, y también un virus puede hacer que pillemos una gripe. Pero, si todo está lleno de gérmenes, ¿por qué unos se ponen enfermos y otros no? ¿Qué hace que un tratamiento en el hospital funcione para una persona y a otra la empeore? Su actitud. Su conciencia.

Pero la conciencia no se limita a nuestra mente. Como hemos visto, está conectada con el cuerpo. Esta energía –la podemos llamar así- conecta con cada una de las células de nuestro cuerpo, haciendo que una enfermedad evolucione de una manera u otra.

Entonces, ¿creamos nosotros mismos nuestra propia realidad?

Si, por ejemplo, tomamos una decisión que nos genera estrés y somos conscientes de ello, automáticamente la energía que de por si fluye por nuestro cuerpo y mente se bloquea. Y empiezan a aparecer síntomas físicos: enfermedades cardíacas, depresiones, ansiedad… y una larga lista. Nada aparece por casualidad ni por accidente, nosotros mismos tomamos decisiones que derivan en un resultado u otro.

Cuando tenemos un mal concreto en una parte del cuerpo determinada, eso implica una tensión o un bloqueo de cierta parte de nuestra conciencia en un momento de nuestra vida. Ser consciente de esta relación nos enseña la importancia de resolver esos asuntos, esos problemas de nuestro día a día. Cualquier asunto no resuelto en nuestra vida –una disputa, un problema familiar, una amenaza- se ve reflejado de forma directa y física en nuestro cuerpo.

Al darnos cuenta de la interconexión entre las emociones y la salud, nuestro punto de vista sobre lo que ocurre a nuestro alrededor cambia. Sabemos que de nuestra reacción o decisión va a haber un efecto directo en nuestro cuerpo. Nuestra visión se amplía: sabemos que nuestro cuerpo lleva los mensajes de lo que ocurre y de cómo lo recibimos.

Tal es así que la conclusión lógica que deriva de todo esto es que todo se puede curar con la mente. Si nuestra conciencia puede hacernos enfermar, también puede curarnos. Si nuestra conciencia dirige la manera de desarrollar ciertos síntomas, de la misma forma puede librarnos de ellos.

Hemos de encontrar el equilibrio entre cuerpo y mente, y si estamos enfermos nuestra prioridad número uno es curarnos a nosotros mismos, no hay nada más importante. El desarrollo y la constancia de una mente positiva –incluso en casos de enfermedad grave- es indispensable para nuestra curación.

La sanación está dentro de nosotros mismos.